1 de abril de 2015

El valor de lo auténtico

Nunca hemos ocultado que en nuestros talleres utilizamos principalmente réplicas de fósiles. Por un lado porque hay ciertos fósiles que realmente son piezas únicas con un incalculable valor científico, y que en el mejor de los casos sólo podemos visitar en museos a muchos kilómetros de distancia. Pero además, las réplicas te ofrecen la posibilidad de que los alumnos puedan manipularlas, involucrándoles, más si cabe, en el proceso educativo.

Cuando estudiamos el último curso de la licenciatura de Geología cursamos la asignatura de Paleontología Humana impartida por Juan Luis Arsuaga. En las prácticas el profesor ponía a nuestra disposición una extensa colección de réplicas de cráneos y esqueletos de fósiles de distintos homínidos, y nos advertía de la suerte de poder estudiar con una colección como aquella. Todos los alumnos manipulábamos aquellas piezas con el máximo cuidado y admiración. Quizá nuestra perspectiva como alumnos de Paleontología, sobre las características del registro fósil y sus implicaciones científicas,  nos hacía tomar esas copias de resina como verdaderos tesoros, guardianes y exponentes de nuestra historia evolutiva.

Alumno con una réplica de cráneo de Herrerasaurus
Sin embargo, en las actividades que realizamos hoy día con alumnos de Primaria, una pregunta martillea incesantemente nuestras explicaciones "¿Este cráneo es de verdad?" Inmediatamente adivinamos en el rostro cierto aire de decepción, ante la sincera confesión, por nuestra parte, de que lo que tienen entre manos son réplicas de resina. Este suceso, tantas veces repetido, nos ha hecho reflexionar sobre el significado de la autenticidad, y en cómo dar valor a nuestras réplicas sobre todo ante los ojos de los más pequeños.

Hace unas semana nos sorprendió encontrar en un ensayo del genial Stephen Jay Gould (Mostradores y tranvías, en el libro Ocho cerditos pp 298-299) reflexiones a este respecto:
"¿Por qué la autenticidad ejerce tanta influencia sobre nosotros? (...) La autenticidad se presenta bajo muchos disfraces, cada uno de los cuales contribuye con algo esencial a la plácida satisfacción que nos produce lo verdaderamente genuino. La autenticidad de objeto me fascina más profundamente porque su atractivo es por entero abstracto e intelectual. El arte de construir réplicas ha alcanzado tal sofisticación que solo el profesional más perspicaz puede advertir hoy la diferencia entre, digamos, un genuino esqueleto de dinosaurio y una buena imitación. El objeto real y la réplica son iguales en todo salvo en nuestro abstracto conocimiento de la autenticidad; así, nos sentimos sobrecogidos en presencia de un hueso otrora revestido verdaderamente de carne de dinosaurio y sólo ligeramente interesados ante un objeto de fibra de vidrio de idéntica apariencia."

Y continua con la siguiente historia que llamó su atención:

"un grupo de visitantes ciegos se reunió con el director del Museo del Aire y del Espacio de Washington para considerar la cuestión de un mayor acceso a las piezas del museo, especialmente a los grandes objetos que cuelgan del techo del atrio y que sólo pueden ser percibidos con la vista. El director preguntó a sus invitados si un modelo a escala del Spirit of St. Louis de Lindbergh, montado y totalmente accesible por el tacto, podría aliviar la frustración producida por la falta de acceso a la verdadera madre del cordero. Los visitantes replicaron que ésta sería una buena solución, pero sólo si el modelo se situaba justo debajo del invisible original. El mero conocimiento de la presencia imperceptible de lo auténtico puede llevarnos a las lágrimas".

En esta reflexión podemos encontrar una de las claves para conseguir que las réplicas alcancen un mayor grado de significancia, acercarlas de alguna manera al original extendiendo vínculos que permitan a los alumnos relacionarlas directamente. ¿Cómo conseguirlo? Pensaremos sobre ello, aceptamos sugerencias.

Referencia bibliográfica:
- Jay Gould, S. 1994 Mostradores y tranvías. En Ocho cerditos. Reflexiones sobre historia natural. Crítica Barcelona. 297-308.

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