12 de febrero de 2016

Un lugar para la humanidad en la Naturaleza

Este año no hemos tenido mucho tiempo de escribir en el blog, desgraciadamente (o afortunadamente según se mire) nuestras obligaciones laborales nos tienen ocupados durante la inmensa parte de nuestro tiempo. Sin embargo queríamos escribir sobre un detalle que nos está llamando la atención en nuestras actividades educativas. Desde hace 4 años decidimos explorar un tortuoso camino dentro del ámbito educativo, el de la divulgación científica en Educación infantil. La sociedad tiene la falsa idea de que los primeros niveles educativos (3, 4 y 5 años), son los menos importantes de la etapa educativa, el uso de metodologías que se acercan al concepto de juego tiende a afianzar esta falacia. Las edades tempranas son fundamentales en el desarrollo de actitudes y aptitudes que condicionaran aspectos importantes de nuestra personalidad futura. Por este motivo el trabajo con estos colectivos merece todo el esfuerzo, dedicación y atención posibles.

Nos parece muy significativa la resistencia omnipresente que encontramos en estas edades a considerar que los seres humanos somos animales. Ante tal insistencia solemos realizar preguntar del estilo… ¿Qué tipo de ser vivo somos? Y la respuesta varía muy poco de las siguientes opciones, humanos, niños, hombres... ¿A qué se debe este prejuicio? Desde luego responder a esta cuestión requiere un estudio exhaustivo de los planes de estudio, y del ámbito sociocultural en el que nuestros alumnos se desarrollan, de momento no podemos aspirar a tanto. Pero es inevitable pensar que esta actitud es un reflejo de la desafección, cada vez mayor, que una parte importante de la sociedad impone respecto a la Naturaleza.

Carl Von Linné (Linneo).
El naturalista sueco Carl Von Linné (1707-1778), Linneo, ideó el sistema de clasificación de los seres vivos sentando las bases de la taxonomía (1731). Un sistema que permanece vigente y con buena salud a pesar de los cambios paradigmáticos que ha sufrido la biología desde el siglo XVIII.

Linneo nos clasificó como Homo sapiens junto a los primates, sin reconocer signos orgánicos que nos otorgara un lugar privilegiado, a excepción del habla. Este orden se incluye dentro de la clase Mammalia (mamíferos), que a su vez se incluye en el filo Chordata y finalmente en el reino Animalia. Somos animales, tanto como las ratas, los gusanos o las ballenas azules ¿Qué otra cosa podemos ser? nacemos como animales, crecemos como animales, nos reproducimos como animales y morimos como tales. Linneo nos mostró que los humanos podemos ser clasificados dentro de la naturaleza, exactamente de la misma forma que cualquier otro ser vivo. Es obvio que somos un animal especial por nuestra capacidad de autoconciencia, pero otros seres vivos presentan capacidades igualmente especiales, hay árboles capaces de vivir milenios, bacterias que soportan temperaturas superiores a los 100 ºC, o artrópodos que sobreviven con altas dosis de radiación.

Tomo I de Systema Naturae de Linneo.
El problema es que sentirnos al margen, o mejor dicho por encima, de la Naturaleza, nos ha otorgado pretensiones de explotación y dominación, que nos conducen inexorablemente al deterioro del entorno natural, y por lo tanto de nuestro propio entorno. En el camino perderemos especies, paisajes, hábitats, pero al final nos perderemos a nosotros mismos. La vida y la Tierra se repondrán, tienen toda la profundidad del tiempo geológico para lograrlo, pero puede que para nosotros sea demasiado tarde. Ante esta visión del mundo deberíamos empeñarnos en emplear este inmenso logro de la Naturaleza, que es nuestro cerebro, en conocernos a nosotros mismo, a nuestro entorno, ver con claridad nuestra huella en el suelo que pisamos y reconducir nuestras conductas para asegurar nuestro futuro como animales en este planeta, incluso en otros.

Linneo tuvo el valor de abogar por el cuidado de la naturaleza, aún sumido en una sociedad teocrática que elevaba al hombre a la imagen de Dios, relegando al resto de seres vivos a su dominio y disfrute. La observación detallada de la naturaleza comenzaba a revelar otro orden natural, en la que la humanidad era una más de las criaturas de “Dios”:

«Uno no debería descargar su ira sobre los animales, la teología decreta que el hombre tiene alma y que los animales son meros autómatas mecánicos, pero creo que sería mejor enseñar que los animales tienen alma y que la diferencia está en la nobleza».


EL Jardín del Edén. Pintura de Jan Brueghel I. Museo Thyssen-Bornemisza.
Así que no nos cansaremos de gritar en nuestros talleres que SI, SOMOS ANIMALES, LOS HUMANOS SOMOS ANIMALES!!!


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